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Cortesía y Cordialidad

 Escribe Mario Píriz

  

 

Los caminos de la cortesía y la cordialidad
en la realización de la fraternidad 

En tiempos de dificultades es casi natural apelar a la fraternidad y la solidaridad como maderos de sobrevivencia en medio de la tempestad y el naufragio. Presuponemos, equivocadamente, que basta con proclamar esos principios para que se concreten; sin embargo, por sencillos, terminamos desconociendo los múltiples caminos de acceso, entre ellos, aquellos precisamente que dependen de cada uno. 

Cultivar la vocación del buen sembrador que todos llevamos en nuestra propio yo, esa, es sin dudas, la clave para recoger aquellos frutos de la fraternidad entre los seres humanos, que más anhelamos en los momentos de soledad, dolor y desesperanza. Sin duda no se puede recoger lo que no se ha sido capaz de sembrar. 

Quinto Regazzoni, autor de una nota que reproducimos, editada en una revista religiosa, sostiene que "ser agradables y cordiales es un arte que se hace difícil en estos tiempos. Son muchos los ejemplos (o los malos ejemplos): cuando un joven, con la carrera recién terminada, llega con su brillante diploma, la respuesta es casi siempre la misma: el gesto suspicaz, el brillo escéptico en los ojos de la gente. 

Basta con que te acerques a alguien por la calle, a pedirle la hora, para comprobar que casi todo el mundo te recibe con ojos de desconfianza... Un refrán latino decía "el hombre es lobo para el hombre", y las vergonzosas guerras, las injusticias y atropellos que seguimos viendo, 2000 años después sólo parecen reafirmar ese refrán.Somos como un gigantesco "saloon" de las películas del "lejano oeste",donde todo desconocido es mal recibido. 

Y como casi todos desconocemos a casi todos, he aquí un mundo de extranjeros y de miradas torvas. Los más "civilizados" no nos hacemos zancadillas, no nos mordemos cruelmente, ni nos enfrentamos a balazos, pero sí seguimos indiferentes, no sabemos o no queremos estar "atentos al otro". 

Hemos olvidado el saludo o la mirada cordial, el gesto y la palabra oportuna... Cuando se quiera afirmar de alguien que es buen cristiano, ¡no sirve cantar las alabanzas de sus cumplimientos religiososo sus heroicas virtudes! Cuando se quiera proponer a un buen discípulo de Jesús, el elogio más apropiado es que sabe ser cordial, atento y acogedor, que sabe y quiere "recibir" a todos. Como Jesús. 

La cordialidad y el estar atento al otro es mucho más que un cumplido: es la realización de la fraternidad. 

La mayoría de las personas que encontramos en nuestro camino jamás necesitarán que arriesguemos nuestra vida por ellaso que seamos capaces de heroicos gestos de desprendimiento. Pero todos, absolutamente todos, están necesitando cada día denuestra atención y de nuestra cordialidad, necesitan ser bien recibidos, sentirse a gusto con nosotros. 

Desaparece entonces la sospecha, el temor, y "el corazón se ensancha a la dimensión del amor divino, mientras que la prudencia humana de ordinario lo estrecha". El Buen Samaritano ayuda al herido porque "se reconoce en él". 

Es un viajero, camina, está en alerta... , por eso lo ve y se acerca. Lo ayuda porque él mismo podría haber sido el asaltado por los ladrones. Reconocerse en el otro es el camino acertado de la cordialidad. No es suficiente "ponerse en lugar de"; hay que "reconocerse" en él, saberse "otro" con él. Éste es el punto más elemental del Evangelio. Lo demás, son adornos", concluye su reflexión el autor citado. 

Los uruguayos, se dicen, padecemos del vicio del "politiqueo". Cuando se aproximan tiempos electorales esas tendencias se agudizan y afectan el ánimo y las relaciones entre las personas, dejando predominar, el espíritu competitivo y excluyendo, sobre la natural fraternidad y diversidad de la vida. Rivalidades, enfrentamientos y desuniones que terminan por destruir a las propias personas, sus familias, precipitándolas en un mar de pesimismo, mal humor y agresiones.

Arte o valores, la cortesía, la cordialidad, la atención al que está cerca, al vecino, al pariente, al compañero, deben ser creaciones espirituales casi cotidianas en las cuales se debe volcar lo mejor de nosotros mismos, con voluntad firme, y sabiendo que ello se está aportando el grano de arena imprescindible para que el mundo y la existencia sea todo lo digna, humana y mejor que anhelamos.