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Escribe Mario Píriz
Les está llegando la
hora a los corruptos
En los últimos
días, como signo de los nuevos tiempos que se avecinan, los
mandatarios del grupo de los ocho países más poderosos del mundo o
G8 (Estados Unidos, Canadá, Japón, Francia, Alemania, Reino Unido,
Italia y Rusia) reunidos en Francia han dejado en claro que la
condición ineludible para que los países en desarrollo -como el
Uruguay- sigan recibiendo ayuda es la lucha contra la corrupción.
Este mensaje notorio y
terminante de los países que dirigen los entes crediticios
internacionales debe llamar a seria reflexión sobre la perentoria
necesidad de organizar una efectiva estrategia de lucha contra la
corrupción en el Gobierno y en todos los rincones de la sociedad
civil.
La polémica caída de
los Peirano y los Röhm ha evidenciado un cáncer que ha consumido
lo mejor del trabajo nacional, en los últimos cincuenta años,
perpetrando una estafa que puso en cuestión la propia estabilidad
del país. Pero no pudo suceder si no contaran con la anuencia, y
complicidad de altos jerarcas que han ocupado los mandos superiores
del gobierno nacional.
Después de lo resuelto
por los países del Grupo de los Ocho, cada vez más, la ayuda
crediticia internacional será negada a los gobiernos deshonestos de
países emergentes, hasta tanto no demuestren una voluntad firme de
erradicar la corrupción en todos los niveles gubernamentales,
comenzando por la investigación y el castigo de los malversadores
de fondos y sus cómplices.
Los países del G8, no
debemos olvidar, tienen los medios y recursos necesarios para
verificar la legalidad del flujo de fondos y el movimiento de las
cuentas bancarias de los gobernantes y sus allegados en los
paraísos fiscales del mundo, como lo están haciendo en el caso de
la lucha contra el terrorismo.
La impunidad de los
gobernantes corruptos que empobrecen a sus pueblos, un antiguo mal
que ha castigado con extrema dureza las más débiles democracias
del Tercer Mundo afortunadamente parece estar llegando a su
fin.
La persecución
intransigente que prometen las potencias internacionales a los
gobernantes corruptos y los empresarios cómplices en el vaciamiento
de las arcas del Estado, y que hasta hace poco resultaba quijotesca,
por decir lo menos, podría en el corto plazo transformar la
corrupción en una actividad tan condenada, perseguida y arriesgada,
como el narcotráfico, el genocidio y el terrorismo.
La persecución del G8 a
este verdadero cáncer de las naciones también obligará a las
grandes empresas multinacionales a desechar la perversa práctica de
sobornar a los funcionarios públicos para ganar los contratos del
Estado en las grandes obras públicas que realizan los países
pobres.
La propensión de los
gobernantes del Tercer Mundo de utilizar los préstamos para el
desarrollo otorgados pródigamente en forma discrecional y sin
control alguno por las entidades internacionales de crédito, como
el Banco Mundial y el BID, para asegurar lealtades y eternizarse en
el poder, ha llevado al endémico endeudamiento de nuestros pueblos
y a la inversión en grandes obras de dudosa utilidad para los
países.
En Uruguay aún falta
sancionar leyes oportunas y eficaces que permitan enjuiciar a los
empresarios nacionales y extranjeros que ofrecen sobornos y dádivas
a los funcionarios públicos con el fin de acceder ilegítimamente a
las compras y contrataciones del Gobierno; asegurando, por otra
parte, un uso eficiente de los fondos públicos, mejorando la
transparencia, fortalezcan el estado de derecho y faciliten el
estricto y permanente control del ingreso y patrimonio de los altos
funcionarios del Gobierno para combatir eficazmente el
enriquecimiento ilícito. Un "respetable" Fiscal, docente
universitario, ha sido procesado por delincuente, y es un muy buen
indicio, pero la sociedad uruguaya no puede bajar la guardia, porque
en un momento de distracción, aparecen inmoralidades como los
faraónicos sueldos de los jerarcas del nuevo banco Comercial.
Ante la evidencia, se
autorebajaron los sueldos, sin embargo, en esencia la inmoralidad
sigue, pues cómo puede ganar una persona 20 mil dólares en un mes,
cuando un trabajador compatriota común gana 80 dólares mensuales,
cuando los gana, si es que consigue empleo? En la reunión de
Francia, el grupo de los ocho ha reafirmado no solamente su
determinación de luchar contra la corrupción e inclusive de lograr
contra ella una convención de las Naciones Unidas, sino también su
convicción de que este mal es uno de los peores obstáculos para el
desarrollo económico y social de los pueblos.
La lucha contra la
pobreza debe iniciarse por erradicar la corrupción de los gobiernos
de países pobres, y de nuestra propia sociedad. Recientemente, un
informe del Poder Ejecutivo, reveló que antes de instaurarse la
Central de Compras del Estado, había organismos públicos como el
INAME, que pagaba el aceite, el arroz y otros productos de primera
necesidad, hasta un cuatrocientos por ciento más caro que el precio
de mercado.
Es evidente que había
sobrefacturación, coimas y otros procederes al margen de la ley,
todos lucrando con el hambre y las necesidades de los más débiles.
El vecino presidente Lula del Brasil también afirmó principios
similares en el G8 y en varios otros foros nacionales e
internacionales.
Es de esperar que
nuestros políticos, legisladores, jueces y funcionarios tomen nota
de la nueva situación global que enfrentan los países emergentes,
no solamente porque ya no habrá créditos de ayuda del Banco
Mundial, el BID y el FMI para los gobiernos deshonestos,
dilapidadores y poco transparentes, sino también porque los días
de los gobernantes corruptos en todo el mundo están contados.
La dignidad de los
pueblos democráticos habrán de reclamar lo robado al erario
público hasta el fin de sus días.
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